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martes, 15 de febrero de 2011

Del pecado original según Saramago en Caín

"Este episodio, que dio origen a la primera definición de un hasta entonces ignorado pecado original, nunca ha quedado bien explicado. En primer lugar, porque incluso la inteligencia más rudimentaria no tendría ninguna dificultad en comprender que estar informado siempre es preferible a desconocer, sobre todo en materias tan delicadas como estas del bien y el mal, en que las que uno se arriesga, sin darse cuenta, a la condenación eterna en un infierno que entonces todavía estaba por inventar. En segundo lugar, clama a los cielos la imprevisión del señor, ya que, si realmente no quería que comiesen del tal fruto, fácil remedio tendría la cosa, habría bastado con no plantar el árbol, o con haberlo puesto en otro sitio, o con rodearlo de una cerca de alambre de espino. En tercer lugar, no fue por haber desobedecido la orden de dios por lo que adán y eva descubrieron que estaban desnudos. Desnuditos, en pelota viva, ya estaban ellos cuando se iban a la cama, y si el señor nunca había reparado en tan evidente falta de pudor, la culpa era de su ceguera de progenitor, la misma, por lo visto incurable, que nos impide ver a nuestros hijos, al fin y al cabo, son tan buenos o tan malos como los demás."

Caín, José Saramago, primera reeimpresión de 2009, editorial Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V., páginas 14 y 15

martes, 18 de enero de 2011

Fragmento de lectura: Caín, la discusión con Dios después de la muerte de Abel

[...] La escena se repitió, invariablemente durante una semana, siempre un humo que subía, siempre un humo que podía tocarse con la mano y luego se deshacía en el aire. Y siempre la falta de piedad de abel, la jactancia de abel, el desprecio de abel. Un día caín le pidió al hermano que lo acompañara a un valle cercano donde corría la voz de que se escondía una zorra y allí, con sus propias manos, lo mató a golpes con la quijada de un burro que había escondido antes en un matorral, o sea, con alevosa premeditacion. Fue en ese momento exacto, es decir, retrasada en relación a los acontecimientos, cuando la voz del señor sonó, y no sólo sonó la voz, sino apareció en persona. Tanto tiempo sin dar noticias, y ahora aquí está, vestido como cuando expulsó del jardín del edén a los infelices padres de estos dos. Tiene en la cabeza la corona triple, en la mano derecho  empuña un cetro, un balandrán de rico tejido lo cubre desde la cabeza a los pies.
  • Que has hecho con tú hermano, preguntó, y caín respondió con otra pregunta
  • soy acaso yo el guardaespaldas de mi hermano?,
  • Lo has matado,
  • Así es, pero el primer culpable eres tú, yo habría dado mí vida por su vida si tú no hubieses destruido la mía,
  • Quise ponerte a prueba,
  • Y quién eres para poner a prueba lo que tú mismo has creado,
  • Soy el dueño soberano de todas las cosas,
  • Y de todos los seres, dirás, pero no de mi persona ni de mi libertad,
  • Libertad para matar,
  • Como tú fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras tu soberbia de la infabilidad que compartes con todos los demás dioses, hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso, que aceptases mi ofrenda con humildad, simplemente porque no deberías rechazarla, porque los dioses, y tu como todos los otros, tenéis deberes para con aquellos a quienes decis habéis creado,
  • Ese discurso es sedicioso,
  • Es posible que lo sea, pero te garantizo que, si yo fuese dios, diría todos los días, Benditos sean los que eligieron la sedición porque de ellos será el reino de la tierra,
  • Sacrilegio,
  • Lo será, pero en cualquier caso nunca mayor que el tuyo, que permitiste que abel muriera,
  • Tú has sido quien lo ha matado,
  • Sí, es verdad, yo fui el brazo ejecutor, pero la sentencia fue dictada por tí,
  • La sangre que está ahí no la derramé yo, caín podía haber elegido entre el bien y el mal, si eligió el mal pagará por eso,
  • Tan ladrón es el que va a la viña como el que se queda vigilando al guarda, dijo caín,
  • Y esa sangre reclama venganza, insistió dios,
  • Si es así, te vengarás al mismo tiempo de una muerte real y de otra que no ha llegado a producirse,
  • Explícate,
  • No te va a gustar lo que vas a oír,
  • Que eso no te importe, habla,
  • Es muy sencillo, maté a abel porque no podía matarte a ti, pero en mi intención estás muerto,
  • Comprendo lo que quieres decir, pero la muerte está vedada para los dioses,
  • Sí, aunque deberán cargar con todos los crímenes cometidos en su nombre o por su causa,
  • Dios es inocente, todo sería igual si no existiese,
  • Pero yo, porque maté, podré ser matado por cualquier persona que me encuentre,
  • No será así, haré un acuerdo contigo,
  • Un acuerdo con el réprobo, preguntó caín, sin terminar de creerle lo que acababa de oír,
  • Diremos que es un acuerdo de responsabilidad compartida por la muerte de abel,
  • Reconoces entonces tu parte de culpa,
  • La reconozco, pero no se lo digas a nadie, será un secreto entre dios y caín,
  • No es cierto, debo estar soñando,
  • Con los dioses eso sucede muchas veces,
  • Porque son, como suele decirse, inscrutables vuestros designios, preguntó caín,
  • Esas palabras no las ha pronunciado ningún dios que yo conozca, nunca se nos pasaría por la cabeza decir que nuestros designios son inescrutables, eso es algo inventado por hombres que presumen de tener un trato de tú a tú con la divinidad,
  • Entonces no seré castigado por mi crimen, preguntó caín,
  • Mi parte de culpa no absuelve la tuya, tendrás tu castigo,
  • Siendo así, cualquier persona me podría matar,
  • No, porque pondré una señal en tu frente, nadie te hará daño, pero, como pago por mi benevolencia, procura tú no hacer daño a nadie, dijo el señor tocando con el dedo índice la frente de caín, donde apareció una pequeña mancha negra, ésta es la señal de tu condenación, añadió el señor, pero es también la señal de que estarás toda tu vida bajo mi protección y bajo mi censura, te vigilaré dondequiera que vayas,
  • Lo acepto, dijo caín,
  • No te queda otro remedio,
  • Cuándo comienza mí castigo,
  • Ahora mismo,
  • Puedo despedirme de mis padres, preguntó caín,
  • Eso es cosa tuya, en asuntos de familia no me meto, pero seguramente querrán saber dónde está abel, y supongo que no les vas a decir que los has matado,
  • No,
  • No, qué,
  • No me despediré de mis padres,
  • Entonces vete,
No había nada más que decir. El señor desapareció antes de que caín hubiera dado el primer paso. La cara de abel estaba cubierta de moscas, había moscas en sus ojos abiertos, moscas en la comisura de los labios, moscas en las heridas que había sufrido en las manos cuando las levantaba para protegerse de los golpes. Pobre abeleva y adán todavía les quedaba la posibilidad de engendrar un hijo para compensar la pérdida del asesinado, pero qué triste la gente sin otra finalidad en la vida que la de hacer hijos sin saber por qué ni para qué. Para continuar la especie, dicen aquellos que creen en un objetivo final, en una razón última, aunque no tengan ni idea de cuáles son y nunca se hayan preguntado en nombre de qué tiene que perpetuarse la especie, como si fuese ella la única y última esperanza del universo. Al matar a abel por no poder matar al señor, caín dijo su respuesta. No se augure nada bueno de la vida futura de este hombre.

Caín, autor: José Saramago, pag. 38 a 48 D.R. Santillana Ediciones Generales, S.A. de C.V. 2009 Primera reimpresión.

lunes, 2 de noviembre de 2009

El simbolismo de la Biblia, salida fácil a conveniencia


La Iglesia, como respuesta al libro "Caín" de Saramago (el cual espero leer pronto), ha manifestado que éste ha hecho una "una lectura literal de la Biblia", en vez de leerla "de forma simbólica", segun el diario electrónico 20minutos.es.

La reacción deviene del hecho que según Saramago "...las Sagradas Escrituras están llenas de "crueldad infinita, incestos y carnicerías" y el Dios bíblico es "injusto, envidioso y orgulloso".

Ahora bien si la Iglesia tiene razón y debe realizarse una lectura simbólica de la Biblia es necesario preguntarse: ¿Qué es simbólico y qué no lo es en la Biblia?

El Génesis, por ejemplo, es el apartado bíblico donde Saramago ha centrado su obra y en éste se narran además otros "hechos bíblicos", como por ejemplo La Creación.

¿Es oportuno considerar una lectura simbólica de la Creación?, ¿cuál es la diferencia y el límite entre una lectura simbólica y otra?, ¿quién la define? y, si es así ¿será simbólica, por ejemplo, la muerte y la resurección de Jesús?...

Cuando se pretende sustentar un absurdo (como pretender que la Biblia tenga hechos reales y cuestiones meramente simbólicas, a conveninecia) se incurre en incoherencias como éstas, aunque claro, la respuesta de la Iglesia es sencilla: sólo ella puede interpretar correctamente la Biblia, restándole importancia a pasajes violentos, machistas y misóginos, incestuosos, discriminatorios, etcétera, alimentando la parcialidad en su lectura y enfocándola en los aspectos que únicamente son permitidos bajo el argumento que son hechos reales y acontecidos los que no ponen en mal al Dios bíblico o algún otro de sus "emisarios" ya que los pasajes que sí lo hacen, son y deben ser objeto de interpretación simbólica... ¿así o más absurdo...?

jueves, 16 de octubre de 2008

Artículo: El factor Dios - José Saramago

Artículo copiado del foroateo:

El 'factor Dios'

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.
Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre.
En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes.
En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero
En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras.
Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales
norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.
El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya.
Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared,una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones enestadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.
Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para
aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y aun sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.
Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que
precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.
Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni
existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia.
Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones.
Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con
tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´.
No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

José Saramago